Montaigne, siempre Montaigne.
Algunos libros parecen haber sido escritos para enseñar; otros, fueron escritos para acompañar. Ensayos pertenece a esta segunda especie. No siento que Montaigne me hable desde una tribuna, sino desde una silla cercana, mientras ambos observamos el humo del café subir lentamente en la madrugada.
Leerlo produce un extraño alivio: el alivio de comprobar que una persona puede ignorar la perfección y aún así alcanzar la sabiduría.
Montaigne no pretende ser un héroe moral. Se contradice, vacila, se corrige, se examina. Y quizá por eso resulta más verdadero que muchos filósofos que intentaron parecer invulnerables. Hay algo profundamente humano en un pensamiento que admite su cansancio.
Pocas cosas requieren tanto valor como describirse a uno mismo sin adornos. La mayoría de nosotros redactamos una versión soportable de nuestra vida para exhibirla ante los demás. Montaigne, en cambio, parece escribir como quien se mira al espejo sin apagar la luz.
No intenta convencerme de su grandeza. Me muestra sus hábitos, sus temores, sus dolores físicos, sus cambios de humor, sus manías. Y en esa modestia se expresa una extraña nobleza. La verdadera profundidad no consiste en parecer extraordinario, sino en atreverse a ser simplemente humano.
Los Ensayos no se leen como un tratado: se recorren como una caminata sin prisa. Montaigne comienza hablando de un caballo y termina reflexionando sobre la muerte, la amistad o el tiempo. Su pensamiento avanza como avanza la conciencia: asociando, recordando, dudando.
Quizá la mente humana no nació para las líneas rectas. Vivimos obsesionados con ordenar todo: horarios, ideas, emociones, argumentos. Pero dentro de nosotros el pensamiento ocurre de otra manera: como un río que se desvía constantemente hacia memorias, temores y deseos. Montaigne parece comprender esto mejor que nadie. Leerlo es aceptar que el alma humana no siempre piensa en párrafos perfectos.
Hay una humildad luminosa en su famosa pregunta: “¿Qué sé yo?”. Cuánto daño evitaríamos si las personas dudaran un poco más de sí mismas.
He conocido personas que jamás vacilan y, curiosamente, suelen ser los más peligrosos. La duda sincera no debilita el pensamiento: lo vuelve más misericordioso. Quien comprende la fragilidad de su juicio se vuelve menos cruel con las opiniones ajenas. Montaigne no me enseña a desconfiar del conocimiento, sino de la arrogancia.
Sus páginas sobre la amistad poseen una melancolía que permanece mucho tiempo después de cerrar el libro. Habla de Étienne de La Boétie no como quien enumera virtudes, sino como quien describe una parte perdida de sí mismo. Hay amistades que no añaden algo a nuestra vida: la reorganizan.
Resulta raro encontrar a alguien con quien el silencio no sea incómodo. Alguien ante quien no se necesita representar ningún papel. Quizá la verdadera amistad sea un descanso de la actuación cotidiana. Montaigne escribe sobre su amigo muerto con una ternura sobria, sin sentimentalismos excesivos. Y precisamente por eso duele más.
Me impresiona la naturalidad con la que habla del cuerpo: del sueño, del cansancio, de la enfermedad, de los hábitos cotidianos. No separa la inteligencia de la carne.
Cuántas veces hemos intentado vivir como si fuéramos únicamente mente. Pero el dolor físico modifica nuestras ideas. El hambre altera el carácter. El insomnio vuelve más sombría a la filosofía. Montaigne plantea que el pensamiento humano no flota fuera del cuerpo: habita dentro de él, con todas sus limitaciones y fatigas.
Quizá por eso sus reflexiones se sienten tan vivas: porque fueron escritas por un hombre completo, no por una abstracción.
Hay libros que hablan de la muerte desde la teoría; Montaigne lo hace desde la convivencia cotidiana con ella. Pero no busca dramatizarla. Intenta domesticar su presencia.
El miedo a morir suele ser también miedo a no haber vivido con plenitud. La muerte inquieta menos cuando uno ha aprendido a habitar sus días con cierta conciencia.
Leer a Montaigne produce un fenómeno extraño: el tiempo desaparece. Un hombre del siglo XVI termina comprendiendo algunas de mis incertidumbres mejor que muchas personas de mi propia época.
Tal vez, la naturaleza humana cambia menos de lo que creemos. Cambian las ciudades, los dispositivos, las costumbres; pero el corazón continúa temiendo la soledad, buscando afecto, dudando de sí mismo y preguntándose cómo vivir. Los grandes libros no envejecen, porque hablan de aquello que sigue doliendo.
Montaigne desconfía de los excesos, del fanatismo, de la rigidez moral, de las certezas absolutas. Su pensamiento se inclina siempre hacia la mesura. No porque carezca de pasión, sino porque comprende lo fácil que es deformarse cuando una sola idea ocupa toda la conciencia.
Muchas tragedias humanas nacen de la incapacidad de moderarse: personas que aman hasta poseer, creen hasta odiar, o desean hasta destruirse. La serenidad quizá no sea tibieza, sino equilibrio.
Después de leer Ensayos, siento menos necesidad de parecer coherente todo el tiempo. Montaigne cambia de opinión, se contradice, admite ignorancias. Y, sin embargo, jamás pierde dignidad. Tal vez porque la dignidad no proviene de tener siempre razón, sino de mantener una honestidad esencial con uno mismo.
Hay algo profundamente liberador en eso. Uno puede ser inteligente y confundirse. Bondadoso y cansarse. Valiente y tener miedo. Quizá madurar consista en aceptar nuestras contradicciones sin convertirlas en cinismo.
Me pregunto si la verdadera filosofía no debería parecerse más a esto. No a un sistema distante e inaccesible, sino a una forma más consciente de habitar el día. Una filosofía capaz de acompañar una taza de café, una enfermedad leve, una conversación nocturna, o una tarde de lluvia. Los Ensayos me recuerdan que la vida humana ocurre principalmente en los detalles modestos.
Cierro el libro con la impresión de haber conocido a un hombre antes que a un autor. Esto quizá sea lo más extraordinario de Montaigne: no intentó convertirse en monumento. Quiso comprenderse. Y en ese esfuerzo íntimo terminó comprendiendo un poco a todos los demás.

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