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El Idealismo Posible o la Imaginación Pragmática.

Hablemos del Idealismo Posible, de la Imaginación Pragmática. Se trata de rescatar, revalorar, promover y hablar de los conceptos y las leyes milenarias de la Humanidad. Hablar de sabiduría, de destino, de justicia, de felicidad y de amor. Acaso es el camino para el cumplimiento del mandato vital que la Naturaleza encomendó a nuestra especie. Curiosamente, en nuestros días, parece una ironía hablar de una dicha poco visible, en medio de infortunios muy reales; de una justicia ideal, en el seno de una injusticia demasiado material; de un amor difícilmente perceptible entre el odio o la indiferencia bien clara.   Pienso que, justamente ahora, en medio de tanta aridez, es necesario buscar con calma, entre pliegues ocultos en el fondo del corazón, algunos motivos de confianza o de serenidad, algunas ocasiones de sonreír, de alegrarse y de amar, algunas razones para agradecer y admirar; precisamente hoy que la mayor parte de la humanidad, tiranizada por el ritmo de la vida cotidiana,...

Diálogo matutino con mi taza de café I

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  Bebedor: Buen día, amiga mía. Qué haría sin ti cada mañana… Taza: Y sin embargo, cada mañana dudas unos segundos antes de acercarte. ¿Temor al día? ¿O respeto al rito? Bebedor: Un poco de ambas cosas, tal vez. Eres mi plataforma. No empiezo sin ti. Me das razones para no lanzarme de golpe al fragor del día. Taza: Lo sé. Soy puente entre el sueño y la vigilia, entre el mundo interior que murmura... y el exterior que grita. Bebedor: Eres también mi espejo. Según cómo sepa el primer sorbo, sé cómo estoy por dentro. Si te siento amarga, algo me pesa. Si dulce, hay esperanza. Taza: Y si tibia, es que me olvidaste pensando en lo que aún no ha ocurrido. Bebedor: Me conoces demasiado. Hemos compartido silencios más sinceros que muchas palabras. Y también hemos sido cómplices de conversaciones hermosas. Taza: Ah, las mesas compartidas… ¿recuerdas aquella charla bajo la ventana abierta? El café como testigo, los corazones desarmándose, el mundo afuera detenido… Bebedor: Sí. Y aque...

La mañana lluviosa.

Despierto sin sobresalto, como si la propia lluvia hubiera sido quien apagara con delicadeza el interruptor de mi sueño. No la luz, no el ruido de la ciudad, sino ese rumor continuo, de agua que cae sobre los techos, sobre las hojas de los árboles que aún no he visto pero sé que están ahí, al otro lado de la ventana. Es un sonido que parece llenarlo todo, y sin embargo, lo que hace es crear un vacío a su alrededor: el silencio de las cosas que esperan, detenidas bajo la lluvia. Me quedo un momento en la cama, escuchando. La lluvia no es igual en cada superficie: en el alféizar repiquetea con urgencia; en la tierra, supongo, caerá con un susurro apagado, de beso que se ahoga. Y pienso que la lluvia tiene esa virtud: nos devuelve la capacidad de escuchar, esa atención plena que la vida cotidiana nos roba entre notificaciones y prisas. Llueve, y el mundo se reduce a lo que cabe en el marco de una ventana. Lo demás, el ruido de fondo de la existencia, se desvanece. Me levanto despacio, sin...

Montaigne, siempre Montaigne.

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A lgunos libros parecen haber sido escritos para enseñar; otros, fueron escritos para acompañar. Ensayos pertenece a esta segunda especie. No siento que Montaigne me hable desde una tribuna, sino desde una silla cercana, mientras ambos observamos el humo del café subir lentamente en la madrugada. Leerlo produce un extraño alivio: el alivio de comprobar que una persona puede ignorar la perfección y aún así alcanzar la sabiduría. Montaigne no pretende ser un héroe moral. Se contradice, vacila, se corrige, se examina. Y quizá por eso resulta más verdadero que muchos filósofos que intentaron parecer invulnerables. Hay algo profundamente humano en un pensamiento que admite su cansancio. Pocas cosas requieren tanto valor como describirse a uno mismo sin adornos. La mayoría de nosotros redactamos una versión soportable de nuestra vida para exhibirla ante los demás. Montaigne, en cambio, parece escribir como quien se mira al espejo sin apagar la luz. No intenta convencerme de su grandeza. Me ...

Diálogo matutino con mi taza de café.

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Bebedor: Buenos días, vieja amiga. Qué haría yo sin ti cada mañana… Taza: Y sin embargo, cada mañana dudas unos segundos antes de acercarte. ¿Temor al día? ¿O respeto al rito? Bebedor: Un poco de ambas cosas, quizás. Tú eres mi umbral. No empiezo sin ti. Me das la excusa perfecta para no lanzarme de golpe al torbellino. Taza: No soy excusa: soy puente. Entre el sueño y la vigilia, entre el mundo interior que aún murmura... y el exterior que grita. Bebedor: Eres también mi espejo. Según cómo sepa el primer sorbo, sé cómo estoy por dentro. Si te siento agria, algo me pesa. Si dulce, hay esperanza. Taza: Y si tibia, es que me olvidaste pensando en lo que aún no ha ocurrido. Bebedor: Tú me conoces demasiado. Hemos compartido silencios más sinceros que muchas palabras. Y también hemos sido cómplices de conversaciones hermosas. Taza: Ah, las mesas compartidas… ¿recuerdas aquella charla bajo la ventana abierta? El café como testigo, los corazones desarmándose, el mundo afuera detenido...

Bajo la sombra de los árboles.

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En esta imagen la naturaleza me recuerda que no todo en la vida tiene que avanzar con la velocidad de mis preocupaciones. Veo el sendero y pienso en mi propia existencia. Ninguno de los árboles llegó a ser grande de un día para otro. Cada uno necesitó estaciones de lluvia y de sequía, años de crecimiento silencioso, raíces extendiéndose en la oscuridad antes de elevarse hacia la luz. Del mismo modo, las transformaciones más importantes de mi vida han ocurrido así: despacio, lejos de los aplausos, casi invisibles. Las personas que caminan al fondo parecen pequeñas frente a la inmensidad del bosque urbano. Sin embargo, no percibo en ello una disminución de la condición humana, sino una reconciliación. Contemplar la naturaleza como un escenario para mis actividades; esta imagen me invita a verla como una realidad más antigua y más paciente que yo. Los árboles no están aquí para servirme: yo soy apenas un visitante bajo su sombra. Hay algo profundamente humano en estos caminos. Un sendero ...

Entre la brevedad y la profundidad.

  Bienvenido Este blog nace como complemento de un ejercicio cotidiano de escritura en las redes sociales. Allí comparto pensamientos breves, observaciones, preguntas y pequeñas reflexiones sobre la vida, la convivencia humana, la cultura, el trabajo, la amistad y aquellos asuntos que nos acompañan en nuestro paso por el mundo. Creo en el valor de la palabra concisa. Una frase puede iluminar una idea, despertar una inquietud o abrir una conversación. Sin embargo, también creo que algunas preguntas merecen más espacio, más tiempo y una mirada más detenida. Por eso existe este lugar. Las publicaciones breves son, muchas veces, el punto de partida. Los textos que aquí encontrarás intentan continuar el camino. Si las redes sociales ofrecen la chispa, este blog aspira a ofrecer la leña que mantenga viva la reflexión. Vivimos en una época de inmediatez, pero el pensamiento conserva su propio ritmo. Comprender, discernir y madurar una idea exige algo más que una mirada fugaz. Exige lectur...