Diálogo matutino con mi taza de café.
Bebedor: Buenos días, vieja amiga. Qué haría yo sin ti cada mañana…
Taza: Y sin embargo, cada mañana dudas unos segundos antes de acercarte. ¿Temor al día? ¿O respeto al rito?
Bebedor: Un poco de ambas cosas, quizás. Tú eres mi umbral. No empiezo sin ti. Me das la excusa perfecta para no lanzarme de golpe al torbellino.
Taza: No soy excusa: soy puente. Entre el sueño y la vigilia, entre el mundo interior que aún murmura... y el exterior que grita.
Bebedor: Eres también mi espejo. Según cómo sepa el primer sorbo, sé cómo estoy por dentro. Si te siento agria, algo me pesa. Si dulce, hay esperanza.
Taza: Y si tibia, es que me olvidaste pensando en lo que aún no ha ocurrido.
Bebedor: Tú me conoces demasiado. Hemos compartido silencios más sinceros que muchas palabras. Y también hemos sido cómplices de conversaciones hermosas.
Taza: Ah, las mesas compartidas… ¿recuerdas aquella charla bajo la ventana abierta? El café como testigo, los corazones desarmándose, el mundo afuera detenido…
Bebedor: Sí. Y aquella otra vez, en soledad, cuando no necesitaba hablar con nadie más que contigo. En esa mañana gris, bastaba tu calor entre mis manos.
Taza: ¿Y qué buscas hoy en mí?
Bebedor: Pausa. Claridad. Una gota de alegría serena. Saber que el día puede comenzar sin atropello. Tú, humeante y constante, me recuerdas que no todo debe ser inmediato.
Taza: Entonces bébeme sin prisa. Hoy también estoy aquí para escucharte. No te apures. El mundo puede esperar unos sorbos más.
Bebedor: Gracias. A veces pienso que en esta casa no hay nada más fiel que tú.
Taza: Eso lo dices hoy. Pero mañana dirás que el café estaba demasiado fuerte.

Hermoso Diálogo.
ResponderBorrar