La mañana lluviosa.

Despierto sin sobresalto, como si la propia lluvia hubiera sido quien apagara con delicadeza el interruptor de mi sueño. No la luz, no el ruido de la ciudad, sino ese rumor continuo, de agua que cae sobre los techos, sobre las hojas de los árboles que aún no he visto pero sé que están ahí, al otro lado de la ventana. Es un sonido que parece llenarlo todo, y sin embargo, lo que hace es crear un vacío a su alrededor: el silencio de las cosas que esperan, detenidas bajo la lluvia.

Me quedo un momento en la cama, escuchando. La lluvia no es igual en cada superficie: en el alféizar repiquetea con urgencia; en la tierra, supongo, caerá con un susurro apagado, de beso que se ahoga. Y pienso que la lluvia tiene esa virtud: nos devuelve la capacidad de escuchar, esa atención plena que la vida cotidiana nos roba entre notificaciones y prisas. Llueve, y el mundo se reduce a lo que cabe en el marco de una ventana. Lo demás, el ruido de fondo de la existencia, se desvanece.

Me levanto despacio, sin encender la luz. La claridad de esta mañana lluviosa es gris, pero de un gris lleno de matices: un gris que no oprime, sino que abraza. Entro en la cocina y enciendo la cafetera. Mientras el café se prepara, me asomo a la ventana: las gotas resbalan por el cristal con esa lentitud arbitraria, a veces deteniéndose como si dudaran, a veces uniéndose a otras para precipitarse de golpe. Me recuerdan que no hay camino recto, que todo descenso es también una forma de encuentro.


La lluvia nos enseña que la paciencia es una forma de la mirada. No se puede apresurar una tormenta, como no se puede apresurar el duelo, ni el amor, ni la escritura que ahora siento nacer entre mis dedos mientras enciendo la computadora.


El café humea junto al teclado. El aroma se mezcla con el olor a tierra mojada que se cuela por el resquicio de la ventana. Hay algo primitivo en ese olor, algo que nos conecta con un tiempo anterior a las ciudades, a las pantallas, a la prisa. La lluvia es el gran igualador: no pregunta a quién moja, ni distingue entre el tejado de una catedral y el cartón de una persona sin hogar. Cae, simplemente, y en su caída nos devuelve a nuestra condición esencial: seres que buscan cobijo, humanos que escuchan el agua y sienten, por un instante, que pertenecen a algo más grande que su propia historia.


Me siento frente a la página en blanco. Afuera, la lluvia arrecia. Ya no es un rumor, sino una cortina líquida que borra los contornos de los edificios de enfrente. El mundo se ha vuelto difuso, impreciso, y esa imprecisión me resulta liberadora. Cuando llueve así, las exigencias del día parecen aplazarse. No hay obligación que pueda competir con la gravedad del agua que cae desde lo alto con una determinación que roza lo poético.


Reflexiono entonces sobre lo que la lluvia despierta en nosotros. Por qué nos sentimos, bajo su manto, autorizados a la quietud. Quizá porque la lluvia es un fenómeno que ocurre al margen de nuestra voluntad; no podemos negociar con ella, ni pedirle que espere a que terminemos nuestras tareas. Y ante su soberanía, nuestra conciencia se rinde. No es pereza, no. Es una forma humilde de aceptar que hay ritmos que no nos pertenecen, que el mundo sigue su curso con o sin nuestra agenda, y que a veces el acto más inteligente es detenerse a contemplarlo.


La lluvia no interrumpe el día, lo devuelve a su verdadera duración, la de los procesos naturales, no la de los cronómetros.


Recuerdo mañanas de lluvia en la infancia, aquellas en que la escuela parecía un lugar remoto, inalcanzable bajo la tromba de agua. Mi madre decía: “Hoy el cielo ha decidido que hay que quedarse en casa”. Y yo lo sentía como un regalo, un día sustraído al calendario, un margen blanco donde todo era posible: leer en el sofá, dibujar sin rumbo, observar durante horas cómo el agua formaba pequeños ríos en la calle. Esa sensación de tregua, de suspensión, la recupero ahora como adulto cada vez que la lluvia me sorprende en casa. Porque la adultez nos ha hecho creer que debemos estar siempre disponibles, siempre productivos. La lluvia, con su insistencia amable, nos concede el permiso que nosotros mismos no nos damos.


Bebo otro sorbo de café. El líquido me acompaña. Pienso en la gente que en este momento camina bajo la lluvia, con paraguas o sin ellos, aceptando la humedad como una condición inevitable. Pienso en quienes esperan en las paradas del autobús; en los que la escuchan desde una ventana de hospital; en quienes la sufren en techos que no retienen el agua. La lluvia no es solo poesía; es también realidad incómoda. Pero incluso en su incomodidad hay una verdad: nos iguala en la vulnerabilidad. Bajo la lluvia, todos estamos, de algún modo, desprotegidos.


Afuera, un pájaro se atreve a cantar entre los intervalos de las gotas. Su trino es breve, como una pregunta que se atreve a formularse en medio de la adversidad. Me conmueve ese gesto: la vida que insiste, que encuentra su grieta en el día cerrado. Y escribo, porque también la escritura es una forma de trinar cuando el mundo parece inundado, cuando las certezas se disuelven como los contornos en la lluvia.


Escribir en una mañana lluviosa es confiar en que las palabras, como el agua, encuentran su cauce. No importa si al principio parecen gotas aisladas; con el tiempo formarán su propio río.


El teclado repiquetea como un eco de la lluvia. Hay una cadencia que se va estableciendo entre el sonido exterior y el ritmo interior de mis dedos. Me pregunto si todas las mañanas lluviosas esconden esta invitación a la introspección. Quizá porque la lluvia empaña los espejos donde solemos mirarnos con urgencia, y entonces no nos queda más remedio que mirarnos hacia adentro. La luz tamizada, sin sombras duras, hace que los objetos parezcan menos definidos, menos imperiosos. Esa penumbra diurna es propicia para las preguntas que evitamos bajo la claridad implacable del sol.


¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué sentido tiene esta página que lleno de palabras que tal vez nadie lea? ¿Por qué el agua cayendo me parece más real que muchas metas programadas? No hay respuestas, y en la lluvia esa ausencia no duele, sino que se integra en el paisaje. La lluvia no responde, pero su presencia constante, su rumor de fondo, actúa como una aceptación. Como si me dijera: no hace falta que sepas ahora. Basta con que estés aquí, con que escuches.


Me levanto y abro la ventana unos centímetros. El aire entra con un ímpetu fresco, cargado de ozono y de ese olor a humedad que tanto me gusta. El sonido de la lluvia ya no tiene filtro; me llega directo, envolvente. Las gotas salpican el alféizar y algunas alcanzan mi mano. Esa sensación de frío húmedo me recorre el brazo y me siento vivo, despierto de verdad, no solo por la mañana sino por la mañana lluviosa, que es otra cosa.


Cierro la ventana con cuidado. La lluvia me ofrece ahora una tregua para hacerlo. Porque también esto es la lluvia: una pausa en medio de lo inacabado, un espacio donde los proyectos pendientes dejan de ser urgencias para convertirse en posibilidades.


La lluvia es la gran aliada de lo inacabado. Nos recuerda que no todo ha de estar terminado, que hay obras que necesitan su tiempo de remojo, como la tierra antes de la siembra.


El café se ha enfriado pero lo bebo igual. Hay en esa bebida tibia, casi fría, algo que me gusta: la certeza de que he dejado pasar el tiempo sin controlarlo, dejándome llevar por el hilo de la mañana. Afuera, la lluvia ha cambiado de intensidad. Ahora es más fina, casi una neblina que se deshace antes de tocar el suelo. El gris de las nubes se ha aclarado, como si detrás hubiera una luz contenida que empieza a filtrarse. El día, quizá, acabará despejándose. Pero mientras tanto, yo sigo aquí, dentro de esta burbuja que la lluvia ha creado a mi alrededor.


Recuerdo una frase que leí en algún libro: “La lluvia es el lenguaje de los cielos cuando tienen algo que decirnos en voz baja”. Me gusta esa imagen. Como si lo de arriba, lo inalcanzable, necesitara de este medio líquido para hacerse entender. Y lo que dice, pienso ahora, no es nada complicado: dice que el tiempo pasa, que todo se transforma, que la quietud no es vacío sino otra forma de plenitud. Lo dice gota a gota, con la paciencia de quien sabe que no hay prisa, que todo mensaje verdadero necesita de repetición y de silencio.


Vuelvo a la página. Las palabras han ido fluyendo mientras la lluvia me daba su ritmo. No sé si lo escrito tiene sentido, pero no me importa. En una mañana lluviosa, la escritura no busca sentido, sino fidelidad: fidelidad al sonido de las gotas, al aroma del café, a esa pequeña dicha de estar aquí, bajo techo, mientras afuera el mundo se baña y renueva.


La mañana lluviosa no promete nada. No dice que el sol volverá, ni que las tormentas cesarán. Solo ofrece su presencia, su rumor inagotable. Y a quien sabe escucharla, le regala lo más valioso: el permiso de estar, sin más, en el centro mismo del tiempo.


La lluvia, ahora, es apenas un susurro. El día, en algún lugar, seguirá su curso. Pero yo me quedo un rato más, mirando por la ventana, cómo las últimas gotas resbalan por el cristal, lentas, como despidiéndose. Y en esa lentitud encuentro, por fin, la paz que no busco, la que llega sola cuando dejo de buscarla. Mañana lluviosa, te agradezco. Mañana lluviosa, me quedo contigo hasta que decidas irte.



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