Montaigne, siempre Montaigne.
A lgunos libros parecen haber sido escritos para enseñar; otros, fueron escritos para acompañar. Ensayos pertenece a esta segunda especie. No siento que Montaigne me hable desde una tribuna, sino desde una silla cercana, mientras ambos observamos el humo del café subir lentamente en la madrugada. Leerlo produce un extraño alivio: el alivio de comprobar que una persona puede ignorar la perfección y aún así alcanzar la sabiduría. Montaigne no pretende ser un héroe moral. Se contradice, vacila, se corrige, se examina. Y quizá por eso resulta más verdadero que muchos filósofos que intentaron parecer invulnerables. Hay algo profundamente humano en un pensamiento que admite su cansancio. Pocas cosas requieren tanto valor como describirse a uno mismo sin adornos. La mayoría de nosotros redactamos una versión soportable de nuestra vida para exhibirla ante los demás. Montaigne, en cambio, parece escribir como quien se mira al espejo sin apagar la luz. No intenta convencerme de su grandeza. Me ...